sábado, 17 de marzo de 2012

LA FINESTRA DI FRONTE (2003, Ferzan Ozpetek) La ventana de enfrente






El joven matrimonio formado por Giovanna (Giovanna Mezzogiorno) y Filippo (Filippo Nigro), verá alterada su rutina existencial con un hecho fortuito. Los protagonistas de LA FINESTRA DI FRONTE (La ventana de enfrente, 2003. Ferzan Ozpetek) son dos jóvenes ya con hijos que intentan sortear las dificultades de su modo de vida, sobrellevando la evidente demostración del fracaso de su vida en común. El encuentro en la calle de un hombre bien vestido y caballerosos modales que ha perdido la memoria, supondrá para la pareja un insospechado revulsivo al trasladarlo a la vivienda de ambos, antes de que las autoridades se hagan cargo de devolverlo a sus previsibles familiares. Aunque esta presencia en su hogar sea aparentemente breve, Giovanna acogerá con desagrado la intromisión de este enigmático y al mismo tiempo amable personaje, aunque de forma casi inescrutable llegará a sentirse seducida por el misterio que rodea su figura. El elegante anciano solo señalará que se llama Simone, y a partir de los escasos rasgos que va captando, podrá descubrir que se trataba de un veterano pastelero homosexual que en plena II Guerra Mundial logró salvar a muchos vecinos del ghetto romano, quizá para lograr con ello alcanzar el respeto de una comunidad que no aprobaba la relación amorosa que mantenía con un joven que murió en aquellas circunstancias, y con el que fundamentalmente se comunicaba amorosamente mediante sentidos escritos de carácter romántico y pasional. De forma paralela a la evocación de ese pasado frustrado, la joven esposa alcanzará el relacionarse con un atractivo vecino –Lorenzo (Raoul Bova)-, al que desde hace largo tiempo había observado a través de la ventana de su cocina. Lo que no sospechaba es que este también se había fijado en ella, iniciándose una relación que para ambos bien pudiera proporcionarles una nueva oportunidad en sus vidas.

Son muchas las sugerencias que emanan de esta sensible y emotiva película del turco Ferzan Ozpetek –del que recuerdo con bastante agrado su previa HAMAM (Hamah: el baño turco, 1997), de la que conserva varios rasgos retomados en el título que comentamos-. El peso de la memoria, del recuerdo, la presión que ejerce en cualquier ser la cultura y el entorno que le rodea, la originalidad y los giros de su planteamiento, la búsqueda de la realización personal… Sin embargo, en esta ocasión Ozpetek apuesta por la incorporación de dos historias en apariencia lejanas, que van integrando e influyendo una en otra de forma sutil, en ocasiones casi imperceptiblemente, dentro de un conjunto dominado por la delicadeza, y al cual ciertos recursos quizá demasiado fáciles, no evitan que la efectividad –y en ocasiones incluso la intensidad y emotividad del relato-, alcance una fuerza y rotundidad casi, casi, apasionante.

El realizador turco logra en este sentido girar la evolución del relato, centrándolo en los cambios que describe su personaje protagonista, la inicialmente hastiada y arisca Giovanna (de la que Giovanna Mezzogiorno ofrece un retrato francamente admirable). Poco a poco, con una marcada sutileza, iremos asistiendo a la madurez de esta joven, que inicialmente ve con rechazo la llegada de este misterioso anciano, pero sin que ella lo advierta, este supondrá un referente que modificará el devenir de una existencia dominada por la frustración y la alienación, y que se irá abriendo a la curiosidad –representada en la búsqueda del pasado de ese caballero con el que gradualmente se ha encariñado-, hasta llegar a representar en la trayectoria vital de este hombre –Davide Veroli (Máximo Girotti)-, la oportunidad de aprender de la historia de renuncia que este sufrió en su juventud, cuando se enamoró de un joven de buena familia con el que solo se comunicaría con apasionados escritos, por temor a ser rechazados por la sociedad de aquella época tan convulsa. Una auto represión que le impidió ser feliz con su amado, arrepintiéndose de haberlo salvado en un bombardeo al ghetto romano en la II Guerra Mundial, puesto que previamente lo había hecho con otros tantos de esos mismos vecinos que lo habían mirado con recelo por su condición homosexual. La evocación de este pasado se proyectará con fuerza en el presente de Giovanna, que verá al mismo tiempo hecha realidad la fantasía de conocer al atractivo y amable Lorenzo, a quien tantas veces había deseado interiormente tras contemplarlo furtivamente tras la ventana al culminar tantas y tantas jornadas laborales. Para ella el hecho de que él secretamente albergara los mismos deseos sobre ella, supondrá una nueva ilusión que le llevará a plantearse la posibilidad de un futuro junto a su secretamente añorado príncipe azul, sorprendiéndose cuando este le plantea una vida en común, ya que ha de trasladarse de ciudad.

Ozpetek logra combinar pasión, emotividad, elegancia y, ante todo, proyectar la experiencia del pasado de Davide, en el presente vivido por Giovanna. Una faceta que traslada a la pantalla con soluciones visuales atrevidas y envolventes –como ese largo plano circular que logra incorporar pasado y presente en la misma imagen, o la elegante panorámica que, con fondo de un bolero, logra trasladar la imagen del hogar del joven matrimonio, al guateque que propició en el pasado el encuentro entre Davide y Simona, basado en miradas casi imperceptibles-. Combinando esas cualidades visuales, el director ofrece un experto uso de la pantalla ancha –los planos que muestran en segundo término esa ventana tras la que se muestra a Lorenzo, el objeto de las fantasías de la protagonista-, logrando además una notable intensidad en la dirección de actores. En este sentido, además de la labor de su protagonista, cabe destacar la serenidad que nos transmite la labor del veteranísimo Máximo Girotti –galán emblemático en el cine italiano de los años cuarenta-, basada prácticamente en la presencia cansada y carismática de un intérprete que falleció poco después del rodaje, y a cuya memoria está dedicada la película.

LA FINESTRA… logra en su conjunto mostrar giros de guión de notable atractivo –como el que nos permite descubrir la verdadera identidad del anciano inicialmente desmemoriado-, presenta algunas debilidades –centradas precisamente en la búsqueda de la originalidad argumental a toda costa-, y no soy el primero en señalar que guarda ciertas semejanzas con la interesante película española EN LA CIUDAD SIN LÍMITES (2002, Antonio Hernández). Sin embargo, me permito preferir esta cinta italiana por su emotividad, y por la valentía de romper con cualquier perspectiva que el espectador pudiera forjarse a lo largo de todo su metraje. Bellamente acompañada por una intensa banda sonora de Andrea Guerra, me gustaría destacar en esta ocasión una delicadeza y pudor a la hora de trasladar sentimientos que quizá en manos menos expertas fueran proclives al exceso, y que me resultan francamente superiores al que ofrece nuestro aclamadísimo Almodóvar –con quien podría compartir algunos elementos formales y temáticos-. En esa misma línea podremos encontrar sus admirables instantes finales, que destrozan por completo el deseo implícito del espectador –que apuesta abiertamente por que Giovanna y Lorenzo vivan su historia de amor-, llevándonos a una reflexión posterior de la protagonista –de la que atisbamos ha llegado a una madurez y realización personal absoluta-, quien ya casi ha olvidado el recuerdo de Lorenzo –“he empezado a olvidar los perfiles de su rostro” llegará a pensar-, aceptando con lucidez el devenir de su existencia y, sobre todo, siendo consciente de la intensidad de los pequeños momentos que son, en definitiva, los que marcan una vida. Un sorprendente y prolongado primerísimo plano de sus ojos –que se extienden a los títulos de crédito finales-, cerrarán una propuesta puede que no totalmente redonda, pero que sin duda destaca por su sensibilidad, elegancia, destreza cinematográfica y, fundamentalmente, por llevar al espectador a compartir el sentimiento vivido por sus protagonistas.

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