miércoles, 11 de abril de 2012

El espía del Mossad

El espía del Mossad
La historia de Robert Maxwell es la historia de un hombre que surgió prácticamente de la nada, de un pueblo remoto de lo que más tarde sería Checoslovaquia. Maxwell pasó de ser pobre judío de europa del este a convertirse en un héroe de guerra. Su capacidad de adaptación y una habilidad innata para el autobombo, así como una ambición desmesurada, le llevaron a formar uno de los grupos editoriales más importantes del mundo y poseer una de las mayores fortunas de la historia…
Pero Maxwell tuvo un lado oscuro, y es que durante gran parte de su vida fue además un espía del Mossad, un leal siervo de Israel. Maxwell, usando de tapadera una de sus empresa, vendió a los principales gobiernos del mundo el software Promis, el cual contenía una puerta trasera que permitía a los servicios secretos israelíes controlar todos los movimientos de sus homónimos en otros países.
La creación de una personalidad
Robert Maxwell nació el 10 de junio de 1923 con el nombre de Ján Ludvik Hoch en una región de Eslovaquia que hoy pertenece a Ucrania. Hijo de una pobre y numerosa familia judía, su infancia se desarrolló en la miseria más absoluta. Ján y sus hermanos dormían sobre un colchón de paja raída y tenían que turnarse para compartir su único par de zapatos, algo particularmente valioso en los días de invierno.
En 1939 el su pueblo fue ocupado por Hungría y gran parte de su familia fue asesinada por el ejército nazi. Ján, sin embargo, consiguió escapar y llegar a Gran Bretaña en 1940. Tenía 17 años y ya era un refugiado de guerra. Ján se alistó en la infantería británica donde luchó en toda la campaña, desde las playas de Normandía hasta Belín. Gracias a su valor y a su don de lenguas, pronto llegó a promocionar hasta capitán. En tiempos de guerra se asciende rápido, y aquella no era una guerra cualquiera, sino la Segunda Guerra Mundial. Además, la fortuna le proporcionó un disparo afortunado. Durante la captura de de una ciudad alemana, consiguió asesinar de un disparo al alcalde de la misma, lo que le valió un importante reconocimiento entre sus superiores.
Poco después, Ján cambiaría su nombre por el de Rober Maxwell, mucho más británico. Era el primer paso para la construcción de una nueva personalidad.
Tras un corto periodo trabajando como censor para el ejército británico, Maxwell usó sus contactos en el ejército para entrar en el negocio editorial, convirtiéndose en distribuidor de la editorial de libros científicos Springer Verlag. En 1951 compró un pequeño sello, Pergamon Press Limited, y comenzó a publicar por su cuenta.
La carrera de Maxwell subía como la espuma, a medida que destacados miembros de la City de Londres se maravillaban de la habilidad de Maxwell para los negocios. Era una especie de nuevo Rey Midas que convertía en oro todo lo que tocaba o, al menos, eso parecía.
Su red de influencias le llevó incluso a obtener un escaño en la Cámara de los Comunes del Parlamente británico, como miembro del Partido Laborista británico, un puesto que conservó de 1964 a 1970.
El Daily Mirror
Como otros editores, una de las máximas aspiraciones de Maxwell era hacerse con un medio de comunicación, lo que finalmente consiguió en 1984 al comprar el grupo editorial Trinity Mirror (por aquel entonces llamado Mirror Group Newspapers) que poseía, entre otros, el diario Daily Mirror.
Maxwell consiguió hacerse con el famoso diario durante una etapa de crisis del mismo. Su extrema ambición le llevaba a la compra de empresas como símbolo propagandista. Sin embargo muchas veces compraba a las empresas por encima de su valor de mercado y sin analizar realmente su rentabilidad. Consiguió comprar el Daily Mirror, sí, pero en un momento en que el periódico daba más pérdidas que beneficios, ahogado por su caída de ventas y las infladas nóminas de sus colaboradores. Maxwell pagó por el diario una gran cantidad, sin reparar en gastos, pues al fin veía cumplido su afan de poseer un medio de comunicación.
De este modo, Robert Maxwell hizo del Daily Mirror su punta de lanza para la propaganda. El tabloide le dió el poder de convertir sus opiniones e intereses, y por añadidura los de Israel, en asuntos de interés nacional. Normalmente dejaba el Daily Mirror a la decisión de su director general, pero cuando deseaba hacer hincapié en un asunto determinado, lo convertía en tema de portada con tan sólo una llamada. Esto queda patente en el uso que Maxwell hacía de su tabloide para contradecir a otros periódicos cuando realizaban campañas de desprestigio contra Israel. En este sentido Maxwell se comportaba como un perfecto sionista, dispuesto a defender a Israel por encima de todo. El Daily Mirror era un arma de estado, un tabloide inserto dentro de los medios de comunicación británicos que defendía los intereses de Israel.
El caso de Maxwell es un ejemplo perfecto del poder del que puede dotar a una persona el control de los medios de comunicación. Maxwell era un hombre poderoso, capaz de influir en la opinión pública a través de su grupo editorial, que controlaba, entre otros, el Daily Mirror, el Sunday Mirror, el Sunday People y, más adelante, el Daily News estadounidense. Los editores de sus periódicos eran muchas veces forzados a publicar noticias que Maxwell obtenía de “fuentes fidedignas” y en las que, obviamente, radicaba un interés personal de que actuaran en su beneficio.
Los contactos de Maxwell, debidos en gran parte a su actividad encubierta como agente para el Mossad, le permitían obtener noticias que un periodista normal no conseguiría y, por lo tanto, ser una fuente de información medianamente fidedigna… si no se dedicara a distorsionar la misma para sus propios intereses.
En el libro se nos relata como, desde sus tabloides, Maxwell se erigió como un hábil manipulador de la opinión pública. Robert Maxwell era percibido como un hombre capaz de sacar dinero de donde nadie creía que lo había. Compraba una empresa ruinosa y esta enseguida se revalorizaba por valor de millones de dólares y comenzaba a producir beneficios mientras el resto de analistas se decían, confundidos “no sabía que hubiera dinero en eso…”. Sin embargo el retrato de Maxwell que presentaban sus periódicos distaba mucho de la verdad. Muchas de esas empresas eran sólo utilizadas como tapadera para el blanqueo de dinero obtenido de forma menos lícita, o para comprar gobiernos en países de europa del este, ante la inminente caída del comunismo de la que Maxwell estaba informado gracias a sus contactos.
La habilidad de Robert Maxwell como propagandista era indudable. De este modo consiguió construir una enorme fortuna que, de puertas adentro, estaba a punto de desmoronarse, mientras él se endeudaba en un préstamo tras otro. Pero mientras cayó en gracia, fue capaz de conciliar una y otra vez al ejército de banqueros que le reclamaban el pago de una deuda multimillonaria. Los engatusaba con una copa de champán y un plato de caviar, al tiempo que los confundía con sus complicados planes financieros a largo plazo y un “confía en mi” que conseguía indefectiblemente retrasar el pago de la deuda… hasta que fue demasiado tarde.
El reconocer abiertamente sus deudas le habría llevado a un “efecto dominó” que podría desencadenar su ruina. Por lo tanto, Maxwell necesitaba seguir manteniendo una faceta de respetable hombre de negocios. Mientras los banqueros creyeran que era capaz de producir dinero, no reclamarían el pago de la deuda. Por ello Maxwell se afanó como pudo en tapar los agujeros, hasta que no pudo más. La gota que colmó el vaso fue la sustracción del dinero de los fondos de pensiones de sus empleados para financiar sus cada vez más costosas redes de influencias.
Déspota y tirano
Los relatos de los empleados describen como Maxwell se quedaba de pie en medio de la redacción de uno de sus periódicos después de haber despedido a un redactor o un subdirector y anunciaba, con ojos chispeantes de emoción: “No quería hacerlo. Pero esto es lo terrible de este mundo: hay que hacer sacrificios para el mayor beneficio de los demás”.
La potencia comunicadora de estos pequeños actos de autarquía es indiscutible. Por un lado el recurso inconsciente al miedo: lo que hoy le ha pasado a mi compañero, mañana puede pasarme a mí. Por otra parte se trata de la apelación al bien común, una especie de despotismo ilustrado que podríamos traducir como “todo para el Daily Mirror… pero sin el Daily Mirror”. Su figura era la de un magnate, un padre, o un padrino, dicho en el sentido que a esta palabra se le atribuye dentro de la Mafia. Y es quizá la más exacta, ya que su doble sentido sirve para aludir también a las relaciones que tuvo Maxwell con jefes del crimen organizado en Bulgaria, país sobre el que ejercía un poder en la sombra y que le proporcionaban el poder que tanto ansiaba y que no podía conseguir por otros medios.

La obsesión de Maxwell por el poder y el dinero le habían llevado a comprar fábricas, negocios y propiedades. Sus empleados vivían atemorizados por sus continuos cambios de caracter. Maxwell podía por ejemplo despedir a todos los altos ejecutivos de una empresa que acababa de comprar. En palabras de Roy Greenslade, editor del Daily Mirror, Maxwell “coleccionaba empresas como quien colecciona sellos”.
Pero quizá los peores momentos para Greenslade fueran cuando Maxwell irrumpía en el periódico, con alguna noticia importante que quería comentar o alguna campaña para lanzar a la opinión pública. Entonces el gran Bob estaba por encima de cualquier otro criterio y supeditaba a toda la plantilla del periódico para hacer sus famosas “declaraciones del editor”.
La declaración del editor
Ésta era normalmente la manera que tenía Maxwell de afrontar los problemas, de justificarse para la lograr la expiación ante la opinión pública. Eran documentos arrogantes, ampulosos e insultantes, como la personalidad de Bob Maxwell, pero cumplían una de las funciones fundamentales de la propaganda: eran relativamente breves, ya que estaban pensados para ocupar la primera página de uno de sus periódicos. A pesar de ser arrogantes, estos editoriales eran simples. La propaganda va dirigida a la masa y la masa entiende lo simple. Otro ejemplo del uso propagandista que Maxwell sabía dar a sus intervenciones.
La declaración del editor consistía el disparo de advertencia, un primer artículo al que seguirían una larga serie sobre el tema en los periódicos de Maxwell. Cuando esto se producía Maxwell estaba muy por encima de sus redactores, ordenando el tamaño del tipo de letra que debía utilizarse, la fotografía de sí mismo que quería para reforzar sus palabras… Quizá en estos momentos era cuando Maxwell más se acercaba a otro magnate de las telecomunicaciones, que aunque muy anterior ejerció una notable influencia sobre él: William Randolph Hearst, al que Orson Welles inmortalizaría en “Ciudadano Kane”.
Pero también había un segundo uso tanto o más importante: resaltar su capacidad como hombre de negocios, su actitud de tiburón financiero, de administrador intachable que salvaba a la empresa tomando decisiones (que muchas veces implicaban despidos masivos) por el bien común. Unas pocas páginas de prensa favorable puede llegar a ser diez veces más poderosas que la mejor cuenta de resultados financieros que se puedan presentar en un papel, al menos de cara a garantizar a los acreedores la solvencia de Maxwell y, a los vendedores, su competencia como gerente.

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